jueves, 16 de septiembre de 2010

Para Martín

La evidencia de estar frente ha no un ser cualquiera era para tener miedo. La mundana atención era evidente, y el auto-subrayarse unilateral también. Permiso de llamar ciego al que no lo veía había. Claro era que las goteras eran evidentes. Amor había para repartir, aunque era de esos amores que no irían a menos, ahí quizá y porque no radicaba el todo. Ahora ya se puede empezar pensé, aunque el origen era la meta, verlo de cerca; para eso lo mejor era aplicar ninguna táctica, solo dejarse llevar. Los tropezones eran palpables en cuanto la mínima resistencia existía por alguna de las partes, pero todo lo superaba el deseo. Ahora estaba más claro, lo único que había eran dos polos negativos atrayéndose, dos aristas contrapuestas intentando ligarse, era evidente que por ningún lado el éxito estaba escrito, pero como un par de pichoncitos destartalados se pegaban. Que más sino el pasar tiempo juntos, tiempo cibernético, pero tiempo al final. ¿Hacer esperar era conveniente? El único en saber la respuesta era el destino y como en un cuento de lo que se trataba era entretenerse y buscar el origen. Al final todo termina siendo un conjunto de mínimos con conductas desordenadas. Era la introducción de un producto al mercado, lo de introducción de un producto se daría. Lo del mercado no terminar de oler del todo bien. Complicado de abandonar la ligereza a la que uno está se acostumbro, más cuando el jetlak pasa y todo queda atrás, común borrón y cuenta nueva. Hablar de proyecciones de desarrollo y sostenibilidad es facilista cuando de lo que se trata es de sobre pasar el día a día, incluso el instante por no tentar a los momentos cruzados. La riqueza, tuya o la de alguien no interesa porque se basa en lujuria material y lo que el hombre, y se habla aquí de especie, busca es un regazo de amor y cariño. Porque como algún día leí; estar mal caro sale. Uno no puede romper el sagrado código de la voluntad, porque a la voluntad todos tenemos derecho. Es entonces cuando recuerdo aquello que siempre se dice al final de los cuentos, colorín colorado Isabel no has ganado.
Los gritos de ella trataban de silenciar el hondo rugido del mar. La voz era aguda, fina, casi como la última y, más delgada cuerda del violin de Yakovlev Shalyapin, pero el grave del rugido era más, se lo comía todo. Cuando en eso el sapito torcido entendió que no era más el grave sino que el grave traía consigo al arrullo. Fue cuando entendió que lo que había estado buscando durante sus últimos años estaba ahí, a sus oídos, el calor de la caricia que lo tranquilizara y lo hiciera dormir como un nene. Ese calor se lo entregaba en forma de versos el fondo del mar y el remolinar de las piedras y caracolas, su voz inagotable de fuerzas para seguir adelante y valía para continuar luchando. Aquella noche el sapito torcido durmió como un bebe y soñó maravillas. A la mañana siguiente, cuando despertó, el cielo era azul y el sol se había escondido, todo un misterio que resolvió después de tomar todo su desayuno. El sol se había ido a comprar el pan y la leche. Así con todo el estomago lleno el sapito torcido se fue a la escuela donde aprendió cosas buenas y jugo con sus amigos, y colorín colorado este cuento se ha terminado. Ahora?

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