
Un día salió el sol, daba la sensación de que todo iba ir mejor. Sin embargo, el conducir del personal seguía siendo el mismo, todos iban al límite. Corrían dónde no se podía correr, ¿dónde? debían ir más rápido disminuían la velocidad y ¿cúando? debían ir a la izquierda se ponían a la derecha. La niñas en el parque que éxiste en medio de Sáez peña no estaba ni enteradas, muy probablemente jamás se entéren, ellas eran felices dándoles granitos de arroz a siete u ocho palomas afortunadas que sobrevolaban por ahí, que pesaban más de doscientos gramos porque siete u ocho eran plomo. Si pues lo primero que hice fue mear toda la cerveza que mis riñones habían procesado, pensar en el niño de la bicicleta que recogia basura mientras todos domimos y; en que debía de una vez por todas empezar a hacerme cargo. Ella tenía razón. Debía empezar a verla y desde ¡ya! Empezaría hacerlo, me había enamorado de su caminar de sus caderas, que eran como cualquier perfecta escalinata de Escher o cualquier film de Allen. Entendí por fin que debía enamorarme del saber enamorarse, trabalenguas confuso que quizá un tal Sabina sabría mejor que yo ordenar y aclarar. Para mí todo estaba claro, era como alguna de aquellas lúcidas y enrramadas historias pero resueltas que me contaba mi madre. Volví la ojera y a lo lejos escuche una sirena, preferí no volver a preguntarme de que serían, ¿Sí de serenazgo, policía, bomberos o alguna auxiliadora ambulancia?. Me voy a dormir me dije, pero me vino al coco todo lo que debía hacer, mi coctel de pastillas, antidepresivas, nostalgias esa noche, recuerdos que en mi retina quedarían grabadas de por vida, notitas, servilletas tiradas a la papelera, una noche entrañable en la que ella la reina de las reinas se había sentado en mi mesa, no sabía que mierda hacer, pero porqué sé que al instinto hay que hacerle caso hable, cualquier huevada hablé, no sé si con o sin sentido, yo hablé. Luego ella me dejo con la palabra en la boca, está bien, lo sé. Algún día serás mía. Eso no lo digo con arrogancia sino con deseo. A la mañana siguiente tenía un correo de ella, me decía qué ¡qué raro era! No comprendo porqué habría de serlo, lo que me complace y tranquiliza. Uff como diría mi amigo X ¿Raro en sentido de que me falta algo? ¿Raro en que bueno qué sea raro me da más curiosidad? ¿raro en qué miedo?, no muerdo, no chupo sangre, no camino dormido, no voto la basura al piso en la calle. Nado, escucho música, leo, escribo y de tanto en vez me echo unas comiditas siestas, además de unas pajillas buenísimas, dígase todo. A me olvidaba, juego al ajedrez y al backgamon entre otros entretenimientos de ocio. Pero para tus ojos sí pues, soy raro. ¿Cuán razón llevaba mi abuela Josefina cuando me decía aquello de: somos raros a los ojos de los que nos miran? es verdad tú me lo confirmas, tú en cambio eres bellísima, el placer es el mío por tenerte cinco minutos en mi mesa, microsegundos porque el tiempo voló, te miré varias veces, nunca más me prestabas atención, mejor pensé. Sigo pensando.
No creas que no valoro el “riesgo” de sentarte en mi mesa e imitar mis malas costumbres de invadir mesas ajenas… tal vez si hubiera pasado antes los acontecimientos hubieran ido en otra dirección… pero ese día estaba yo en otra y ya había pasado mucho tiempo desde la última vez
ResponderEliminarA veces las decisiones no son fáciles sobre todo para alguien en mi posición, pero en algunas ocasiones las condiciones se dan de una forma que hace que sucedan cosas que no esperamos (como en caso el caso de una tormenta perfecta), que no teníamos en mente, que nos pone en una disyuntiva bastante chunga. Pero, pasado ese momento, si las condiciones cambian ya no se miran las cosas de igual manera como cuando ese 16 de agosto (día en el que preferiste dormir y no quedar, de paso haciéndome perder el tiempo a mi, JUAATT??). Sobre todo porque el riesgo que yo asumo no compensa las acciones que tú ejecutaste ese 16, y no he recibido de tu parte ningún tipo de explicación en todo este tiempo, y el tiempo hace que las cosas cambien… como es el caso. La impresión es que te zurras en el tiempo de la gente y que ni siquiera te “toca”, ni te percatas, ni te interesa… no se me parece muy poco empático…
Me hubiera gustado conocerte más en ese entonces, me vi muy tentada jaja, pero ahora solo puedo ofrecerte mi amistad… que no es poco ;-)