A veces pienso que cuando uno no se da cuenta que según nos vamos haciendo viejos en vez de alimentar nuestro amor por el prójimo, lo que hacemos es darle de comer a esa locura que todos llevamos impresa, inmersa dentro nuestro. Hoy cuando salía de la piscina en la que nado, por casualidades se me olvido que las pistas para nadar solo estaban libres hasta las tres de la tarde; luego de esa hora empiezan las clases para los niños de entre tres y nueve años. Justo cuando entraba un niño preocupado porque su toalla no estaba en su bolso me choco al mismo tiempo que gritaba a su distraída madre del hecho. Entre a la oficina para disculparme por mi falta de atención y haber ido pasadas las tres a nadar. Al salir disfrute un lapso corto de tiempo ver nadar a los niños bien atenazados a los brazos de sus monitores y sus flotadores, la evidencia de que ha algo siempre hay que sostenerte para salvaguardar nuestra vida estaba ahí, delante de mis ojos, ciego soy si no la viese. Mi desazón llego cuando al salir, un siempre bien apreciado oficio; el del cartero; que iba veloz en una bicicleta casi me atropella. Imposible que yo le viese, pues el muro que hace la entrada al recinto deportivo evitaba que pudiese ver lo que venía por la izquierda; cuando de sopetón estaba ahí. Freno en la esquina de la manzana, y pensado bien lo que le iba a decir esta vez a diferencia de otras no me quede callado, me acerqué-dije muy tranquilo y de forma pausada. Compañero, eso es una piscina en la que a esta hora hay niños, cualquiera de ellos puede salir y si pasas así de rápido podría lastimar a uno de ellos.
-Sí, yo asumiré mi responsabilidad me contesto, a lo que le dije.
-No, la irresponsabilidad la va asumir el niño atropellado.
-Bueno, cada uno tiene que aprender a no salir corriendo concluyo.
Me quede pensando. Como le explicas a un niño que este señor, asumiendo que le atropelle y que va a ver como malo porque le hizo daño. Él, ese cartero, le quiere enseñar al niño que no corra, que deje ser niño –que deje su inocencia- cuando acaba de detectar que su madre distraída que no le deja la toalla y siente el frío, que además hablamos de una persona que evidencia sus cuarenta pasados irradia tan clara inmadurez.
Me asusta y me preocupa que no reconozcamos el poder equivocarnos, me inquieta sobre manera el que no haya un ápice de aliento por parte de cada uno por querer ir por el camino de la sabiduría y el cultivo del intelecto, la sabiduría. Alguna vez mi padre me digo hijo de hambre no te vas a morir, pero saberte ignorante es la peor de las depresiones porque de ella nunca se sale. Desde aquí sentado solo pido que ningún niño de la piscina a la que voy a nadar todos los lunes, miércoles y viernes jamás sea atropellado por este imprudente ciclista; que por ganar media hora puede terminar como él dice haciendo que el niño atropellado asuma de forma injusta su irresponsabilidad.
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